Ciudad dormida. Sin tráfico. El silencio es un ruido sordo que lo envuelve todo, fondo marino, motor lejano. Ciudad sumergida. Unas pocas luces en las calles de algunos barrios. Farolas, balcones, ventanas... Igual que ayer. Aunque sin paseantes. Calles muertas. Pero con la horrible sensación de que la ciudad entera acecha.
calles tomadas
lista de calles tomadas de Madrid
DIAGNÓSTICO DE CALLES
LA CIUDAD DE NOCHE
Ciudad dormida. Sin tráfico. El silencio es un ruido sordo que lo envuelve todo, fondo marino, motor lejano. Ciudad sumergida. Unas pocas luces en las calles de algunos barrios. Farolas, balcones, ventanas... Igual que ayer. Aunque sin paseantes. Calles muertas. Pero con la horrible sensación de que la ciudad entera acecha.
HAN TOMADO CEA BERMÚDEZ
Anteayer ya hablaban de que desde la Fundación Jiménez Díaz hasta Islas Filipinas por lo menos, se estaban fraguando tantas anexiones que Cea Bermúdez quedaría tomada de inmediato. Pero llevamos meses atemorizados por tanto bulo y vivimos casi paralizados, así que decidimos pasar el día en el centro de salud, atendiendo a nuestros pacientes con total normalidad.
Por si acaso, justo antes de cerrar, he recogido en una caja medicamentos básicos, fundamentalmente antibióticos. Y yendo de vuelta a casa, antes de entrar en mi calle, ya de noche, he hecho una foto de una placa de CEA BERMÚDEZ:
Por si acaso, justo antes de cerrar, he recogido en una caja medicamentos básicos, fundamentalmente antibióticos. Y yendo de vuelta a casa, antes de entrar en mi calle, ya de noche, he hecho una foto de una placa de CEA BERMÚDEZ:
Acabo de procesarlo en casa con el photoshop
y ya no hay duda: ESTÁ TOMADA.
(Ver aquí el proceso de DIAGNÓSTICO por PLACA)
IRENE
Irene apenas es un recuerdo de la chica con la que me casé. El miedo te puede cambiar por completo. Y más cuando es constante. Acaba de refreír el último trocito de carne que nos queda en la mugrienta sartén. No la limpia para no desperdiciar los restos de aceite adheridos.
Irene roza la treintena, aunque por su aspecto enfermizo parece mayor. A pesar de estar demacrada, se palpa constantemente su prominente barriga. Sus ocho meses de agónico embarazo. Se desespera intentando que se mueva lo que lleva dentro. Coge con los dedos el pedacito de carne y mordisquea los bordes. Sólo pequeñas fibras para que le cunda más la cena. Y para dejarme algo a mí. Luego abre el grifo. El agua sale muy turbia, pero da un trago. Lo necesita para llorar.
En cuanto entro en casa la veo en pleno llanto, como casi siempre. Hace semanas que está totalmente vencida. Me harto de consolarla. Me aburre su voz trémula, siempre al borde de un desmayo que no llega nunca. Pero tengo que cuidarla porque lleva dentro a mi niño. Mi primer hijo.
Aun así, antes de que se lo digan los vecinos, me adelanto yo y le cuento que han tomado Cea Bermúdez y que no podré volver a la clínica, que por eso traigo estos medicamentos en la caja. Pero a ella lo que más le angustia es el mercado. ¡No podremos ir más al mercado!, dice amenazando con un nuevo llanto. Nos queda el mercado de Vallehermoso, digo para tranquilizarla, pero ella sabe que ¡Allí no les queda nada!
Saco un paquete de galletas de la caja de medicinas y se lo doy. Prometo que mañana Mario nos dará algo más. Ella se lleva el paquete a la cocina. La sigo y bebo un trago de agua turbia. Imagino una botella azul y fresca de Solán de Cabras... pero el paladar pelea con los residuos del agua y me devuelve a la realidad. Irene me pasa la sartén con el trocito de carne que queda. Prefiero que se lo coma ella. Lo necesita, aunque sea prácticamente basura.
Aun así, antes de que se lo digan los vecinos, me adelanto yo y le cuento que han tomado Cea Bermúdez y que no podré volver a la clínica, que por eso traigo estos medicamentos en la caja. Pero a ella lo que más le angustia es el mercado. ¡No podremos ir más al mercado!, dice amenazando con un nuevo llanto. Nos queda el mercado de Vallehermoso, digo para tranquilizarla, pero ella sabe que ¡Allí no les queda nada!
Saco un paquete de galletas de la caja de medicinas y se lo doy. Prometo que mañana Mario nos dará algo más. Ella se lleva el paquete a la cocina. La sigo y bebo un trago de agua turbia. Imagino una botella azul y fresca de Solán de Cabras... pero el paladar pelea con los residuos del agua y me devuelve a la realidad. Irene me pasa la sartén con el trocito de carne que queda. Prefiero que se lo coma ella. Lo necesita, aunque sea prácticamente basura.
Irene vuelve a palparse la barriga y asegura que el bebé no se ha movido en todo el día. Hago el paripé de siempre y le paso la mano por el vientre. ¡Seguro que está muerto!, insiste aterrorizada. No se tranquiliza hasta que saco el fonendoscopio del maletín y ausculto su barriga. Para convencerla le paso los audífonos. ¿Lo ves, tonta...? Sólo está dormido. Abro el paquete de galletas y le doy una. Se la come a mordisquitos, como un ratón nervioso, atemorizado. La beso en la cabeza. Como a una niña. Pero no la digo que está muy anémica, que necesita vitaminas, y ácido fólico para el bebé. Y ya no podemos recurrir a la clínica ni a las farmacias de la zona, desabastecidas de cosas básicas. Quizá haya que ir pensando en ir a algún hospital a adelantar el parto antes de que quedemos totalmente rodeados.
MAPAS
Este es el plano de CALLES TOMADAS de mi barrio y algunas arterias conocidas. Es importante que cada uno se ciña a su propio barrio o a una zona bien delimitada y compruebe por cualquiera de los métodos de diagnóstico el estado de sus calles. Es fundamental no rellenar con bulos y ruidos informativos. Nos estamos jugando mucho como para fiarnos de habladurías a la hora del cigarrito.
Ver calles tomadas en un mapa más grande
Que cada uno complete la información de su zona. Tu ayuda es nuestra salvación. La de todos.
Ver calles tomadas en un mapa más grande
Que cada uno complete la información de su zona. Tu ayuda es nuestra salvación. La de todos.
VECINOS - HAMBRE - ANEXIÓN
Llaman a la puerta. Tres golpecitos. Permanecemos en silencio... Hasta que vuelven a llamar. Más fuerte. Saben que estamos aquí. La luz de las rendijas nos delata.
Insisten. Voy...
Abro una rendija. Es JOSÉ y su mujer, la oronda de BERTA. Me susurran angustiados que han tomado Cea Bermúdez. Ya lo sé, les digo y les hago pasar. También viene con ellos DANIEL, su jeringado hijo adolescente.
Berta se echa a llorar, como si nos faltaran problemas. Dice que está descompensada del azúcar. Se aprovechan de que soy médico para que les provea de alimentos. José me dice que hace un rato casi se le desmaya en los brazos, que está fatal de verdad. Se fijan en el paquete de galletas de Irene. No me queda más remedio que ofrecerles alguna. Y otra para el chico, que aunque se contiene está muerto de hambre. Al final la acepta, pero se la da a su madre. Su gorda y llorona madre, que se antepone a su hijo.
José cree que ya no tienen alternativa: rendirse no puede ser peor que morir. ¡Qué locura! Ya me temía que alguno terminaría por plantearlo. En cuanto el hambre aprieta, se acaban todas las convicciones.
Vuelven a llamar a la puerta. Abro rendija. Son CARMEN y ANDRÉS, vecinos de arriba. Carmen anuncia lo que ya sabemos de Cea Bermúdez. Para todos parece suponer el fin y no es más que otro largo tramo que queda intransitable, solo eso. A Andrés le cuesta más darme la otra noticia: ¿sabes lo de tu padre? La verdad es que no tengo ni idea. Pues ha tenido un infarto y se lo han llevado al hospital esta tarde. Está en el Gregorio Marañón. Esta noticia sí me pilla en frío. Desde que empezó toda esta disparatada situación apenas pensaba en él. Vive en Moratalaz y parece que es un barrio prácticamente libre. Papá... pienso mientras me asaltan mil imágenes veloces... José me dice que mañana tiene que hacer un reparto a Atocha y que si quiero me lleva con él. Se lo agradezco, aunque no sé todavía lo que voy a hacer.
Daniel, el chaval jeringado, pide apuntarse al viaje para visitar a su novia que vive allí cerca. Su padre se niega en rotundo. Su madre finge un nuevo mareo y se apropia de otra galleta. El azúcar...
Carmen grita que estamos locos por fingir tanta normalidad. ¡Estamos rodeados! ¡Y ya no puedo más! ¡Pido que votemos! Le imploro a Carmen que no siga adelante. Pero Berta también quiere votar, no soporta pasar los días a base de galletas. Prometo que mañana conseguiré alimentos para todos y que antes de lo que piensan recobraremos la normalidad de siempre. Carmen alza el brazo y grita !ANEXIÓN! Berta y José se suman: ¡ANEXIÓN! Andrés está lívido, y su mujer aprovecha la confusión para obligarle a la ¡ANEXIÓN!
Cuatro a favor. ¡Son mayoría! Me abrazo a Irene para soportar el dolor del cambio, pero... nada ocurre. No hay potentes luces, ni aromas extraños, ni daño alguno a pesar de que la anexión debe estar consumada. Pero Daniel, el jovencito, nos sonríe divertido y señala la barriga de Irene. El niño cuenta. Es una vida al fin y al cabo. ¡Empate a cuatro! Respiro hondo, incapaz casi de contener el llanto por los nervios.
Carmen nos odia: ¡Por la mierda de la democracia estamos así!, grita, ¡que por lo que dice una mitad se jode la otra! Y se marcha con Andrés dando un portazo. José y Berta también se van, no sin sisar otro par de galletas. Daniel va detrás de ellos, sumiso, pero sonriente: los jóvenes hemos salvado la papeleta, dice guiñando un ojo.
Me abrazo a Irene. Todavía está confusa. Durante un momento temí que votara a favor. Y temo que vuelva a planteárselo.
Insisten. Voy...
Abro una rendija. Es JOSÉ y su mujer, la oronda de BERTA. Me susurran angustiados que han tomado Cea Bermúdez. Ya lo sé, les digo y les hago pasar. También viene con ellos DANIEL, su jeringado hijo adolescente.
Berta se echa a llorar, como si nos faltaran problemas. Dice que está descompensada del azúcar. Se aprovechan de que soy médico para que les provea de alimentos. José me dice que hace un rato casi se le desmaya en los brazos, que está fatal de verdad. Se fijan en el paquete de galletas de Irene. No me queda más remedio que ofrecerles alguna. Y otra para el chico, que aunque se contiene está muerto de hambre. Al final la acepta, pero se la da a su madre. Su gorda y llorona madre, que se antepone a su hijo. José cree que ya no tienen alternativa: rendirse no puede ser peor que morir. ¡Qué locura! Ya me temía que alguno terminaría por plantearlo. En cuanto el hambre aprieta, se acaban todas las convicciones.
Vuelven a llamar a la puerta. Abro rendija. Son CARMEN y ANDRÉS, vecinos de arriba. Carmen anuncia lo que ya sabemos de Cea Bermúdez. Para todos parece suponer el fin y no es más que otro largo tramo que queda intransitable, solo eso. A Andrés le cuesta más darme la otra noticia: ¿sabes lo de tu padre? La verdad es que no tengo ni idea. Pues ha tenido un infarto y se lo han llevado al hospital esta tarde. Está en el Gregorio Marañón. Esta noticia sí me pilla en frío. Desde que empezó toda esta disparatada situación apenas pensaba en él. Vive en Moratalaz y parece que es un barrio prácticamente libre. Papá... pienso mientras me asaltan mil imágenes veloces... José me dice que mañana tiene que hacer un reparto a Atocha y que si quiero me lleva con él. Se lo agradezco, aunque no sé todavía lo que voy a hacer.
Daniel, el chaval jeringado, pide apuntarse al viaje para visitar a su novia que vive allí cerca. Su padre se niega en rotundo. Su madre finge un nuevo mareo y se apropia de otra galleta. El azúcar...
Carmen grita que estamos locos por fingir tanta normalidad. ¡Estamos rodeados! ¡Y ya no puedo más! ¡Pido que votemos! Le imploro a Carmen que no siga adelante. Pero Berta también quiere votar, no soporta pasar los días a base de galletas. Prometo que mañana conseguiré alimentos para todos y que antes de lo que piensan recobraremos la normalidad de siempre. Carmen alza el brazo y grita !ANEXIÓN! Berta y José se suman: ¡ANEXIÓN! Andrés está lívido, y su mujer aprovecha la confusión para obligarle a la ¡ANEXIÓN!
Cuatro a favor. ¡Son mayoría! Me abrazo a Irene para soportar el dolor del cambio, pero... nada ocurre. No hay potentes luces, ni aromas extraños, ni daño alguno a pesar de que la anexión debe estar consumada. Pero Daniel, el jovencito, nos sonríe divertido y señala la barriga de Irene. El niño cuenta. Es una vida al fin y al cabo. ¡Empate a cuatro! Respiro hondo, incapaz casi de contener el llanto por los nervios.
Carmen nos odia: ¡Por la mierda de la democracia estamos así!, grita, ¡que por lo que dice una mitad se jode la otra! Y se marcha con Andrés dando un portazo. José y Berta también se van, no sin sisar otro par de galletas. Daniel va detrás de ellos, sumiso, pero sonriente: los jóvenes hemos salvado la papeleta, dice guiñando un ojo.
Me abrazo a Irene. Todavía está confusa. Durante un momento temí que votara a favor. Y temo que vuelva a planteárselo.
RESISTENCES CLAUSURADO
El blog de RESISTENCES ha sido CLAUSURADO hace un rato. "Temporalmente fuera de servicio" nos han colgado en la página principal. Estamos intentando desesperadamente RECUPERAR todas las ENTRADAS PUBLICADAS. En el caso de que nos fuera imposible, os rogamos a los colaboradores que nos reenviéis vuestras entradas para insertarlas en un nuevo blog. Por cada blog que nos cierren, abriremos dos más.
Ω
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